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Vives como una reina, no sé de qué te quejas…

Entre la miríada de emociones que me abordan de forma continuada, hay algo que se hace más presente en los últimos tiempos.

Lo percibo en frecuencia, en duración y en intensidad (más aún, sí 😀).

Esto empieza a tomar categoría de sentimiento.

Es la satisfacción.

La mayoría de mis pacientes/clientes son PAS, PAC (PAS con alta capacidad) y alguna que otra neurodivergencia.

Entiendo que es un alivio encontrar un terapeuta que te entiende, no sólo desde lo profesional, sino también desde lo personal pero, en serio, qué grato es para esta terapeuta trabajar con personas con las que puede establecer una conexión tan fluida, porque hablamos el mismo idioma.

Así que, antes de continuar, gracias a todas las personas que me permitís acompañaros y en especial hoy a una paciente/clienta que me ha autorizado a compartir un trocito de su ser en este Psico Mensaje sin Botella.

Hace un tiempo, M., una mujer PAC (PAS con alta capacidad), me contaba la forma en que vivenciaba su neurodivergencia siendo muy pequeña. En su caso, también existe una historia de trauma, de negligencia y de abuso, pero estamos teniendo en cuenta todos los elementos.

M. era una niña inteligente, despierta, soñadora, necesitada de amor, inquieta en lo físico y en lo intelectual, que gozaba del aprendizaje en todas sus modalidades, que precisaba nutrir su cerebro casi más que su cuerpo.

Pero sus demandas eran, por lo general,  invalidadas, negadas, reprimidas, castigadas, ridiculizadas.

M. tuvo que crear una realidad alternativa, un castillo fantástico en el que recluirse de su realidad. 

El caso es que recuerda con mucha viveza una frase que su madre le decía cuando ella reclamaba su deseo de seguir aprendiendo, de avanzar, de crecer:

“Vives como una reina, no sé de qué te quejas…”

Generosamente, me ha permitido compartir con esta comunidad de lectoras/es un escrito que me trajo el otro día a sesión, así que lo copio y pego tal cual:

De pequeña no me sentí triste por no poder ir de vacaciones, no tener juguetes, no ir de colonias, no llevar marcas, ni siquiera por no ir a fiestas o hacer extraescolares.

Me sentía triste porque quería comprender, quería compartir, aprender la riqueza de la vida, cultivar conversaciones, aprender danza, continuar mis estudios y sentir que tenía un hogar.

Ir a clase era diferente, un lugar distinto, un lugar mágico lleno de cosas por descubrir.

Los libros eran mundos, cada vez que abría sus puertas me llevaban a un lugar donde había otras personas que sentían como yo.

Ellos sabían poner palabras a cada cosa y eso me parecía fascinante.

Desde entonces supe que quería aprender a poner palabras a todo lo que vivía y donde no llegaran las palabras tomaría la vía del movimiento como forma de expresar la vida.

Esta mujer ha llegado a la edad adulta atravesando el mar en bote y en plena tempestad. Y ha sobrevivido.

Un poco magullada, pero entera.

Quizás con algo de barro y suciedad que estamos limpiando poquito a poco, con mucho cuidadito.

En terapia vamos eliminando las capas de arena y de sal que se han convertido en escudos protectores, en modos de supervivencia, en defensas inteligentes para seguir adelante.

Y vamos avanzando.

El trabajo psicológico a veces es lento, pausado, como el que realiza un arqueólogo con su cincel hasta que consigue vislumbrar la figura real, completa, tal y como ha persistido a través de los años.

Este proceso de limpieza ya es terapéutico, porque supone acompañamiento, cuidado, atención, dedicación, tiempo.

En algunos casos, supone la primera experiencia de seguridad, de validación, de aceptación incondicional, y eso ya es profundamente sanador.

Gracias una vez más, M., por permitirme compartir un trocito de ti.

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